En pocos segundos, comenzaron los alaridos, las carreras, los tropezones. Nadie sabía muy bien cómo reaccionar. Algunos pocos se agacharon a atender a los heridos. Los policías y los soldados actuaron con violencia: hicieron su trabajo. Cumplieron con su entrenamiento. Entraron en la multitud repartiendo golpes, gritos, empujones. Un oficial llegó incluso a disparar hacia el cielo. Una ráfaga contra las nubes. Pero Latinoamérica se parece muy poco a las películas, incluso a sus propias películas. Las balas al aire sólo provocaron más histeria, más estampidas.
Alberto Barrera Tyszka, «Balas perdidas»


Los artículos que conforman el presente monográfico revisitan desde diferentes disciplinas y registros culturales las formas de exclusión implícitas en las tecnologías de la violencia como correlato de las ficciones identitarias en América Latina. No es fortuito, por lo tanto, que todos los textos aquí reunidos den cuentan de las arbitrariedades en las que se sostienen los discursos identitarios, sus metáforas y representaciones. Así como tampoco es ocasional el hecho de que cada uno de ellos revisite la violencia epistemológica que se ejerce en la «fundación» de sujetos, cuerpos, memorias, comunidades y naciones que, como recoge el epígrafe, se parecen muy poco a sus representaciones y distan, sin duda, de la supuesta normalidad de un pacto social, de formas de reconocimiento individuales y colectivas que se pretenden «naturales» y necesarias.

En «Culturas del cuerpo: La “sagrada” familia venezolana», Javier Guerrero ―especialista invitado a participar en este monográfico― revisita las violencias ejercidas en las metáforas del «cuerpo nacional venezolano», a partir de la articulación de eventos recientes ocurridos en dicho país, en los cuales la deformación del cuerpo de la «sagrada familia venezolana» devino el significante que, a partir de la metáfora de la fractura nacional, ha reestablecido y refundado los orígenes conservadores de una nación y de un imaginario que excluye en su reorganización ―heteronormativa y hegemónica― las disidencias raciales, sexuales y de clase de subjetividades que se resisten a su normalización y a su reconocimiento en los discursos del poder. El cuerpo es también el lugar donde Diego Falconí aborda las formas de violencia ejercidas en sujetos cuyas sexualidades discuten la heteronormatividad y el patriarcado tipificados en el canon de la literatura andina de comienzos de siglo XX. En «Pablo Palacio: la violencia corporal sobre las identidades imposibles en la zona de los Andes», Falconí recorre dos relatos del escritor ecuatoriano para dar cuenta de una ficción cuyos personajes habitan la frontera de la representación, precisamente por sus resistencias a ser codificados desde unos parámetros que, en el control y vigilancia de los cuerpos y de sus sexualidades, violentan su visibilidad y ante los que se reconoce la imposibilidad de representación de unas identidades que habitan el espacio de la diferencia.

La representación ocupa, asimismo, la atención de Carlos Garrido Castellano quien en «Celebrados, desposeídos y adorados. Representaciones del destino trágico del héroe en el imaginario visual caribeño contemporáneo» se aproxima a las estrategias de tres artistas caribeños ―Marcos Lora Read (República Dominicana), Javier Castro (Cuba) y Ebony Patterson (Jamaica)― que hacen de la derrota del héroe el punto de partida para la reescritura de los discursos que han violentado desde sus orígenes coloniales el imaginario caribeño y que continúan ejerciendo su poder en las imposiciones de las economías neoliberales y globalizadas contemporáneas sobre sociedades y territorios periféricos como las islas del Caribe. Si en los textos de Guerrero y Falconí la representación determinaba el límite con el que las tecnologías de la violencia refuerzan la norma, el orden y el pacto social, en su estudio Garrido consigue demostrar por medio del trabajo de estos artistas que existe un elemento subversivo en la derrota cuando el héroe deja de ser la idealización de un colectivo homogéneo para pasar a significar las identidades y conflictos transfronterizos que caracterizan a las sociedades caribeñas contemporáneas. Como veremos, Garrido celebra, a partir del trabajo de estos artistas, las posibilidades de resistencia estética, política y simbólica con las cuales el arte contemporáneo en el Caribe discute los límites entre lo culto y lo popular, pero sobre todo desritualiza la heroicidad al hacer de los individuos, que se reconocen en la desigualdad, la exclusión y la periferia, los vencedores en la derrota.

Las posibilidades transgresoras de los sujetos que se encuentran fuera de la ley lleva a Sonia Barrios Tinoco en «La construcción de la identidad a partir de la violencia: el corrido de Joaquín Murrieta» a indagar en la figura de un héroe cuya derrota fue reapropiada por un colectivo otro y fronterizo ―primero el mexicano y, posteriormente, el chicano― que restituye su dignidad en la violencia como respuesta contrahegemónica y contradiscurso identitario. Así, a partir de un recorrido por los registros orales y escritos que inmortalizaron la figura de este bandido, Barrios demuestra cómo operan procesos de resistencia simbólicos en las ficciones identitarias de colectivos minoritarios, oprimidos y atravesados por diferencias culturales, y cómo las lógicas de la violencia pueden llegar a reafirmar y empoderar a los mismos sujetos que habitan el espacio de la abyección, «los atravesados» que llamaba Anzaldúa, los que viven el espacio prohibido de la frontera: «los bizcos, los perversos, los queer, los conflictivos, los chuchos, los mulatos, los mestizos, los medio muertos», todos aquellos sujetos que traspasan los confines de la norma y en cuyo ser y habitar dicha frontera reside justamente la amenaza de la violencia. En este contexto se inscribe el trabajo de Patricia Carmello en «Mundo Misturado, Mundo à revelia: sobre a violencia no Grande Sertão: veredas, de Guimarães Rosa» quien se ocupa de releer una de las ficciones más importantes de la literatura brasileña para indagar en los entresijos de un imaginario y unos sujetos excluidos de los registros oficiales de la nación moderna que buscaba el proyecto desarrollista de Juscelino Kubitschek, pero sobre todo para reflexionar acerca de la violencia que se produce en la fragmentariedad del recuerdo y en el protagonismo en la ficción, y que se asocia a las represiones ejercidas sobre colectivos que no poseen el derecho a recordar y a construir su(s) propia(s) historia(s). Finalmente, es también hacia los registros de la memoria, las ficciones discursivas y la capacidad de nombrar u ocultar del lenguaje impuestos en sistemas represivos hacia donde dirige su atención Erika Martínez Cabrera en «Hablar al hueco: silencio y memoria en la última dictadura argentina», para demostrar cómo la dictadura argentina impuso su terror en el control del significante lingüístico por la necesidad reiterativa de ejercer la violencia en la negación de vidas borradas de los sistemas de inteligibilidad social, porque la violencia, como señala Judith Butler, se renueva a sí misma frente a la aparente inexhaustividad de su objeto.

El recorrido que proponen estos textos y miradas nos obliga a traer a la mesa otras formas de violencias ejercidas sobre cuerpos e identidades en América Latina que, aunque no sean explícitamente estudiadas en estos ensayos, no pueden dejarse de lado en la reflexión que supone pensar el lugar político de la representación y la violencia epistémica de las identidades. Así, además de las investigaciones desarrolladas en los textos que integran este monográfico, es imprescindible buscar herramientas que nos ayuden a entender y a intervenir desde nuestra posición crítica en las masacres de las mujeres en Ciudad Juárez, en los múltiples asesinatos que ocurren en México de manos del narcotráfico, así como en las lógicas que influyen en la popularidad en sectores de pobreza extrema de bandas y pandillas juveniles en Centroamérica y los Estados Unidos. Por otra parte, también se debe considerar, desde una posición ética y responsable, cómo pensar la violencia urbana e institucional en Venezuela, sin condenar la delincuencia y sus protagonistas a la otredad. El reto está, sin duda, en cómo aproximarnos a una propuesta más inclusiva y hasta más ética al servicio de posibilidades de restauración de los pactos de ciudadanía, si la identidad y los discursos que la construyen restituye su violencia epistemológica cuando el miedo es la única experiencia que comparte y define los modos de no-convivencia colectiva de los sujetos que habitan ciudades como Caracas… ¿Cómo entender entonces las diferencias? ¿Qué lenguaje hablan las normas? ¿Qué significa ser humano en este contexto? ¿Quién tiene derecho a una vida habitable? ¿Cómo convocar el derecho a una vida habitable en estos escenarios de violencia? Todavía hoy ―y más que nunca―, en estos y otros contextos, el reconocimiento de las diferencias sigue siendo la respuesta.

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